Sobre el poder

Estamos acostumbrados a ver el poder como algo que viene desde fuera y se nos impone, nos obliga a hacer algo que no queremos, o nos impide hacer lo que queremos. El poder efectivamente tiene que ver con el hacer, con el comportamiento activo o pasivo que nos impone, aunque no podemos olvidar que también tiene que ver con el decir o el pensar preordenados a la acción, ya sea como plan, proyecto, antes de hacer, o ya después de lo hecho, como explicación, defensa o justificación.

Si del poder político hablamos, el poder de la autoridad, ese que cuenta con la fuerza o violencia legal para obligarnos a entrar en razones, ese que nos dice “lo harás por las buenas o por las malas” (y solemos hacerlo por las buenas), vemos que solo la amenaza del castigo, la mera certidumbre o posibilidad de que se ejerza violencia sobre nosotros, son mucho más efectivas que la violencia ya realizándose, actual, encima de nosotros, vemos como hay una gran fuerza en la amenaza, mucha más que en el cumplimiento o efectiva realización de la misma, lo que puede llevarnos a pensar que el miedo es quizá el arma más efectiva del poder.

Pero no todo consiste en el miedo, la cuestión no es tan simple, y es que hay una gran dosis de colaboración, de nuestra propia voluntad accediendo a hacer eso que se nos impone, sí, parece paradójico, ¿hacer voluntariamente lo que se nos obliga?, pero si paramos a pensar en los medios usados por el estado desde que nacemos, para acondicionar, acostumbrar o adiestrar nuestras mentes y nuestras conductas, vemos que quizá esta idea no sea tan descabellada.

Pues qué otra cosa es el sistema de educación obligatoria hasta pasada la adolescencia, con enseñanzas regladas, contenidos firmemente controlados por el poder, qué otra es el sistema de valores reproducido por los medios de comunicación, que nos dicen incluso cómo alcanzar la felicidad, por supuesto, comprando el producto adecuado, qué otra cosa es el sistema de leyes, tribunales y cárceles (u otros instrumentos de represión), no solo con el castigo que directamente se ejerce sobre el reo, sino lo más importante, con el estigma, la marca o mancha que los demás perciben en él, aprendiendo en barba ajena cómo evitarlo, o qué otra cosa es el sistema legal de propiedad, de acceso a los recursos que necesitamos para vivir, donde aprendemos desde muy pronto que para comer hay que trabajar, y si no tienes trabajo, si no aceptas las condiciones impuestas por los propietarios de los medios de producción, eres un fracasado, culpable de los males de tu familia, la vergüenza de cada casa.

Y es más, este sistema de adiestramiento funciona tan bien que ni siquiera lo percibimos como tal, no caemos en su entidad esencialmente represiva, en su naturaleza enajenada o en manos de quienes nos controlan para su beneficio, y aprendemos a convivir con esos castigos sobre todo cuando son para los demás, reafirmándonos en nuestra buena disposición con la autoridad, en nuestra honradez y buena ciudadanía, incluso llegando a justificarlo por nuestro bien.

Pero pensando un poco más, si por lo que sea, desaparece de nuestras vidas ese adiestramiento ya sea educacional, mediático, legal o económico (son los ejemplos anteriores), en este caso ¿cuántos policías, jueces o cárceles serían necesarios para obligarnos a hacer las cosas que hacemos “voluntariamente”?, esto es, para imponernos un poder realmente exterior a nosotros, sin que le facilitemos el trabajo con nuestra colaboración. La respuesta es simple, tendrían que ser muchos más los recursos que el poder tendría que desplegar para controlarnos, quizá tantos que el poder se desvelaría claramente como tiránico, autoritario, dictatorial, la ilusión de la democracia representativa o enajenada desaparecería, y los colmillos del vampiro se nos aparecerían untados de nuestra sangre.

¿Significaría esto que el caos se adueñaría de la sociedad?, pues sí, eso pretenden los que piensan que hay que ejercer el poder sobre nosotros para evitar que nos matemos los unos a los otros, piensan que dejados a nuestro libre arbitrio seremos como lobos pegándonos dentelladas, pienso, me parece, no solo que tienen una concepción triste de las personas, una concepción caida o de necesaria redención, sino que, quizá lo más importante, piensan que se les puede acabar su forma de vida si al final resulta que la gente puede comportarse humanamente unos con otros sin ellos.

Y llegados a este punto, creo que ya podemos pergeñar nuestro propio poder como gente, como poder desde abajo, desde dentro, ese que nunca deberíamos haber delegado, enajenado o sacado de nosotros, organizándonos desde nuestra necesidades humanas, la básica, la que mejor nos explica, la de construir con los demás el mundo en el que queremos vivir.

Para ello la desobediencia, la resistencia frente al poder enajenado, el empoderamiento popular, la construcción de alternativas donde aprendamos a hacer otros caminos, la organización frente a la represión y el control ideológico, pueden ser instrumentos de liberación pues golpean al poder donde más daño hacemos, en su pilar más fuerte, nuestra propia colaboración, y ello depende por entero de nosotros.

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