Más sobre el miedo

Ayer leía una entrevista que eldiario.es había publicado hace poco más de un mes, a Arcadi Oliveres, un activista catalán de los derechos sociales, economista y profesor en la Universidad. Le preguntaban que por qué, con la crisis que estamos sufriendo, la gente no salía a la calle, y él respondía que era porque había mucha gente trabajando en la economía sumergida, por la solidaridad o el cojín familiar, y porque la gente tiene miedo a la represión policial.

Estoy de acuerdo en las dos primeras razones, y vale, en la tercera también, pero no del todo, por lo que me gustaría apostillarla.

Creo que no estamos ante una “crisis” en el sentido usual de esta palabra, de que pasando esta todo volverá a ser como antes, no es una etapa pasajera donde apretándonos todos el cinturón, luego podremos volver a vivir como antes (además de ser FALSO que TODOS nos estemos apretando el cinturón). Estamos ante una crisis en el sentido propio de la palabra, es un fin de época y estamos entrando en otra nueva, es un cambio de paradigma económico y político y estamos asistiendo al intento de los actuales beneficiarios por no perder su poder económico-político y su hegemonía cultural.

Los actuales beneficiarios son esencialmente los dueños del capital financiero internacional, esos que han especulado con él en los últimos 30 años, comprando o vendiendo dinero para obtener más dinero, manejando corporaciones internacionales con más poder real que la mayoría de los estados del mundo, y comprando a los políticos que creíamos haber elegido democráticamente, que han librado a ese capital de todo tipo de controles y puede circular por el mundo a la velocidad de la luz sin cortapisas, y sin pagar impuestos en los estados que costeamos los trabajadores. Es ese capital que contiene el trabajo de generaciones de trabajadores valorizado en la mercancía dinero, que al apropiarse por banqueros, insisto, siempre con la cobertura del estado, produce el efecto de escasez y controla el proceso de enajenación y explotación capitalista, consistente en producir para ellos al no ser nosotros los dueños de los medios de producción, y tener que consumir lo que producimos mediante el uso de su dinero con el que compran nuestro trabajo.

Este capital financiero tiene un montante 50 veces superior a lo que se produce en bienes y servicios reales, de esos que cubren necesidades de la gente real, y si bien aquel capital nace de esta producción, pues el dinero es un signo o reflejo del trabajo acumulado en capital, pero se ha demostrado en los últimos 4 años que es capaz de comerse todo lo que produjeron y ahorraron nuestros padres, lo que producimos nosotros, y lo que producirán nuestros hijos, lo que han hecho cargando las pérdidas de su especulación a los estados, o lo que es lo mismo, a quienes los costeamos con nuestro trabajo e impuestos.

Para todo ello el estado deberá desplegar una mayor coacción legal, esto es, fuerza y violencia contra la gente que se aplica mediante el aparato jurídico estatal (policía, tribunales, prisiones, ejércitos), dictando leyes que teniendo su fundamento en este robo a mano armada (literalmente, como ya se ha explicado), cualquier persona sana no puede obedecerlas sin repugnarle lo más íntimo de su ser.

Aunque si el estado desfallece en este propósito no hay problema, el fascismo o violencia ilegal, muchas veces apoyado por la policía, y pagado por quienes ven peligrar sus privilegios, ya está preparado para poner orden si es necesario, como ya puede estar pasando en Grecia.

Por lo que con este concepto de fondo que creo tiene la crisis, que todos en mayor o menor medida barruntamos como estafa, robo, violencia, impotencia, me parece que la pregunta que se le hace al Sr. Oliveres, de por qué la gente no sale a la calle, y su respuesta, que por miedo a la represión policial, tiene una lectura más profunda, radical, inquietante si cabe, y es que en mi opinión, más que a la policía, tenemos miedo a que las cosas sean como nos tememos, que finalmente nos acaben quitando todo, nuestro trabajo, nuestra casa, nuestra vida, nuestra libertad, tenemos más miedo a esto que a la policía dando palos o poniendo multas, o incluso metiendo a personas en prisión, o dejándolas tuertas o matándolas a bolazos, como recordemos ya ha pasado en Madrid, Barcelona o Bilbao.

Además es un miedo reforzado por la impotencia que sentimos al no poder o no saber enfrentarnos a ellos, que siguen robándonos y nos lo pasan por los morros, protegidos por la policía, por los tribunales y por las leyes que dictan para su impunidad, o finalmente, viendo a personas extramuros de nuestra sociedad, tirados por las calles, que perdieron su trabajo, o les echaron de sus casas, inmigrantes o no, y que ya no tienen fuerzas ni para seguir viviendo, y algunos se quitan de en medio en un último acto de huida o libertad, quién sabe.

Este miedo en mi opinión es el miedo real que creo el Sr. Oliveres debería haber mencionado en su respuesta, distinto, me parece, del miedo de quienes acuden a pizpiretas manifestaciones con prisa por darse el paseo ya que mañana tienen que ir a trabajar, que a lo mejor se desgañitan gritando ingeniosas consignas dirigidas a quienes de antemano saben que si no hacemos más que esto, simplemente, estamos derrotados, o que incluso, a lo peor, se esconden cuando la policía identifica a otro con menos suerte que ellos (es que si te ponen una multa la manifa ya no mola).

Mientras tanto, los que estamos todavía dentro de nuestras casas, mantenemos nuestro trabajo, o somos buenos ciudadanos que nos podemos permitir el lujo de manifestarnos pacíficamente, mientras seguimos permitiendo que nos roben no ya el producto de nuestro trabajo, sino la paz de nuestros corazones prisioneros del miedo, al mismo tiempo, a nuestro lado, si no cerramos los ojos, veremos crecer la miseria y la injusticia contra personas como nosotros, que quizá un día también fueron pacíficos ciudadanos cumplidores de las leyes, y que hoy ya no tienen nada que perder.

Y es que quizá, solo quizá, por una de esas escasas veces que recogen los libros de historia, podríamos adelantarnos a nuestra propia historia de perdedores y cambiar el designio anticipándonos, quizá podríamos acoger a nuestros iguales, quizá podríamos parapetarnos tras la barricada de nuestra común humanidad y construir juntos otra sociedad sin aquellos parásitos, quizá podríamos hacernos la vida más fácil unos a otros, sin explotación, quizá deberíamos dejar de mirar hacia arriba y empezar a mirar a nuestro lado.

Nosotros trabajamos, labramos el alimento que comemos, nosotros construimos las casas donde vivimos, nos cuidamos cuando estamos enfermos, criamos a los hijos, nos ayudamos cuando la vida pega dentelladas, somos los dueños del mundo donde vivimos, que debemos cuidar para quienes con el mismo derecho vienen detrás. Todo esto lo hacemos ya, con la diferencia de que lo hacemos con su mediación, bajo su mando, con su interposición que nos venden como imprescindible, pero nos engañan, ellos son prescindibles, nosotros no, ellos sobran, nos parasitan, y tan fácil como una vaca se quita a los moscones del lomo zurciendo su cola, así podemos nosotros quitarnos de encima a esta panda de mafiosos a condición de que nos organicemos desde abajo y confiemos en la palabra limpia y la mirada de frente de nuestro igual.

Quizá de esta manera podremos evitar el sobresalto que un día de estos nos despertará de golpe, cuando los disparos en la calle nos señalen que ellos ya han ganado, que han vuelto a ganar, y que nosotros hemos vuelto a perder una nueva oportunidad que la historia solo reserva a generaciones de valientes.

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