Todos son iguales

Mi querido compañero Miguel Ángel Andrés escribe un interesante artículo sobre la extendida idea de que todos los políticos son iguales, argumentando contra ella con sus habituales y brillantes dotes dialécticas.

Comienza su artículo con la cita de Epiménides, aquel famoso filósofo y mentiroso cretense que afirmada la mendacidad de todos los cretenses sin excepción, él incluido, en lo que se conoce como la paradoja del mentiroso, pues al mismo tiempo afirma que mentía cuando decía que los cretenses mentían, y si bien esta erudita cita no viene realmente a cuento de lo que luego se explica, pero es elegante y da un cierto contexto de paradoja a sus afirmaciones posteriores, sobre la compartida deshonestidad de los ciudadanos votantes que eligen a políticos deshonestos, o más importante, en la apertura al fascismo que esta crítica apolítica conlleva, todo ello para terminar proponiendo una idílica relación entre votantes comprometidos y políticos responsables que se puedan enfrentar a los poderes económicos privados.

Pero no estoy de acuerdo. Veamos.

Todos los cretenses son mentirosos, vale, eso es lo que dice Epiménides, y vale, pongamos que hemos comprobado que efectivamente sea natural de Creta, pero ello no constituye ninguna paradoja ya que hay dos ámbitos distintos, el de la realidad, el de los hechos, y el del discurso o lo que se dice o se habla sobre los hechos, y la paradoja está en este plano del discurso, no traspasa al plano de la realidad, ya que mentir es decir lo contrario a lo que es de hecho, si el que lo dice lo sabe, pues en otro caso se yerra pero no se miente, alguien habla en la creencia errónea de decir verdad, pero como no podemos comprobar si todos los cretenses en la realidad mientan, y menos con esa generalidad francamente patológica de mentir todos en todo, por ello estamos frente a una mera creencia de Epiménides que al mismo tiempo formulada con esa generalidad le pone a él mismo en evidencia no ya como mentiroso sino como descuidado, negligente o incluso temerario.

Y si además nos damos cuenta que el lenguaje es una herramienta de supervivencia que trata de guiar nuestra común acción sobre la realidad, quedando la certeza o el afán de verdad supeditados a esta necesidad de manipular la realidad mediante nuestra acción, es preciso concluir que entre el discurso y la realidad hay un hiato irreductible que separa ambos ámbitos por más que el lenguaje parezca que lo salta, y es que el lenguaje es un gran suplantador de la realidad en tanto que nos hace creer que las cosas habladas por todos son verdad, o lo son más cuantos más las digan.

De manera que si desencajamos el lenguaje de su realidad vital, confundiendo el discurso con la realidad, o suplantándola, no solo podremos decir lo que queramos contra el principio lógico de no contradicción (esta es la paradoja), sino que además podremos construir una realidad lingüística, ideal, llegando a vivir en una realidad hablada, instalándonos en una idea, a la que nos sometemos como cierta porque es hablada por todos o muchos (y esto ya no es solo pensamiento único sino verdadera alienación, o cómo nosotros creamos un realidad falsa y nos sometemos a ella).

Y si esta alienación vale para el discurso hegemónico que nos somete, algo parecido pasa con la democracia que hemos construido reduciéndola al momento electoral, que no solo es falso en la medida que no es cierto que todos elegimos a los políticos, si por elegir se entiende poder aceptarlos o rechazarlos, ya que no hay opción fuera de las ofrecidas por los mediadores impuestos, debiendo elegir entre opciones falsamente distintas, pues todas imponen la mediación, y lo más importante, todas imponen el sometimiento al poder implícito del capitalismo, como sistema económico imperante que queda fuera del debate, extramuros de la acción política, por lo que la opción más real, más vital, que realmente acercara nuestra acción a la libertad y la democracia que se preconiza para la acción política, sería la organización de un sistema de democracia económica y política basado en la delegación siempre revocable, esto es, sujeta a mandato imperativo, sin ninguna materia excluida de la acción, salvo la de reducir la democracia y la libertad mediante el cercenamiento de los derechos fundamentales donde individuos y grupos encuentren defensa contra explotadores y tiranos.

Votar hoy más que nunca no es elegir, es reproducir una pauta, una costumbre, un rito tribal que ha suplantado nuestra libertad, pasando por elección lo que no es más que sometimiento a la explotación envuelta en una apariencia democrática.

Y sí, todos los políticos son iguales en tanto que mediadores del poder, comisionistas impuestos en la acción política, y lo son sobre todo en la aceptación del régimen de explotación del trabajo ajeno y la apropiación privada del producto social, quedando excluidas del sistema electoral, en la práctica, las opciones anticapitalistas que quieren combatirlo de raíz.

Por último me queda discrepar de que este sentimiento de hartazgo con los políticos sea la causa del fascismo, pues vale que esta es su excusa, su cínica pretensión de apoliticismo no es más que una estrategia para denostar a sus adversarios, los demás partidos, gastados, impotentes para resolver las crisis del capital que deja en la miseria a miríadas de trabajadores, así es al menos en un primer momento de confrontación electoral, pero lo que trae al fascismo no es la crítica apolítica, sino la necesidad de la burguesía de no perder su hegemonía puesta en peligro por su propia codicia, que levanta contra ella a sectores de población antes anuentes, por lo que el fascismo no es más que un producto de las crisis del capital, el arma contra quienes depauperados pueden pasar o pasan a la acción no electoral, el conflicto político pasa del parlamento a la calle, de la palabra a las armas, pues el capital no sabe de leyes sino de poder, y lo que puede perder en el parlamento no querrá dejarlo perder en los “paseos”, los paredones o las cunetas.

Si se trata de idilios o utopía, yo prefiero no fiarme de la buena voluntad de ciudadanos comprometidos en hacer más responsable la gestión de los  políticos elegidos, que estarán siempre tentados por ese dinero promiscuo para romper su mandato democrático. Ya puestos, prefiero postular la utopía de la democracia en la producción y distribución siquiera de los bienes esenciales, esos que impiden que las personas que los controlan tengan que doblegarse a la explotación y a la miseria impuesta, prefiero postular la democracia con mandato imperativo, siempre revocable, para que los delegados de nuestras decisiones no se aparten de las mismas y las transmitan de una manera nítida y leal, y con todo, prefiero postular la emancipación de las personas frente a la enajenación de la falsa democracia, que esconde agazapada al verdadero poder de explotadores y políticos lacayos que la manipulan para su beneficio.

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