Imaginario y realidad

Las personas no solo estamos hechas de carne y hueso, sino sobre todo de necesidades, de las que nacen los deseos, los afanes, lo que hacemos todos los días para satisfacerlas, e incluso el sentido de la vida que las comprende dentro de un todo filosófico, que a su vez justifica nuestras acciones y las de los demás, las juzga, las aprueba o las condena...

Quisiera centrarme en las consecuencias vitales que tiene para las personas esa construcción mental que nos acompaña durante toda la vida, esas concepciones de las cosas, esas justificaciones que tenemos para nuestra vida y la de los demás, en resumen, el imaginario que rellena nuestra mente y nos sirve de filtro para entender, vivir en el mundo y habitarlo como seres humanos.

Todos tenemos un imaginario, todos justificamos unas u otras cosas, unas creencias sobre la realidad, incluso prejuicios en la medida que no se apoyen en evidencias más o menos contrastadas, y es que no podríamos habitar el mundo si tuviéramos la mente en blanco, vacía, sin criterios, sin brújula, nos ahogaríamos en el caos como se nos presenta la realidad cuando no se la interpreta.

Este imaginario no es algo que permanezca inalterable a lo largo de la vida, sino que cambiará atendiendo a la propia experiencia, a las propias vivencias, pero sobre todo se transformará en la interrelación con los demás, e incluso interaccionando con una especie de imaginario colectivo (que podemos llamar así a condición de no darle vida propia, o no distinta de las personas que lo sustentan, a condición de no enajenarlo), y es que la mayor parte de este imaginario se centra en la relación con el otro, la vida en sociedad, a través de la que obtenemos los recursos necesarios para cubrir nuestras necesidades, pues no somos autosuficientes, somos animales esencialmente necesitados del otro, hasta el punto que unos somos mediadores de otros en esto de vivir.

Pero ¿qué pasa cuando nuestra vida no es conforme con nuestro imaginario, cuando no podemos vivir según pensamos o creemos que tenemos que hacerlo?, pues que se produce una discordancia que resolvemos de varias maneras, se me ocurre que quizá viviendo con angustia, o con amargura, quizá cambiando o adaptando el imaginario a nuestra forma real de vivir, para poder justificarnos, o quizá no queriendo ver la realidad, cerrando los ojos, filtrando la información, viendo u oyendo solo lo que nos confirma nuestra forma de pensar, lo que reduce la frustración, la angustia, la pérdida de sentido, tarea además fácil si por ejemplo consumimos los productos de la industria del imaginario a manos de quienes la usan como instrumento de comercio, o dominación.

Pero también podemos instalarnos en la discordancia de una manera radicalmente asertiva, implicándonos con la realidad de la que formamos parte, abandonando la butaca de espectador de nuestra propia vida y tomando sus riendas. Quizá podemos luchar contra la realidad social, alienante, miserable, injusta, ultrajante, atravesada por la explotación, la dominación, la servidumbre, viviendo esa lucha como una forma de vivir en la frontera entre la realidad y el deseo, dando ejemplo nosotros mismos de otra forma de vida con pleno sentido, implicada con lo más profundo de nuestro ser y los que son como nosotros. Quizá podamos aprender a vivir en esta raya con alegría, valentía y orgullo, haciendo la frontera cada vez más grande, sumando a más como nosotros, hasta borrarla porque hayamos construido una realidad cabalmente humana.

Todas estas son posibles formas de resolver esta discordancia o falta de sentido vital, seguro que todos conocemos a alguien en estas posibles respuestas adaptativas, puede que incluso nos atrevamos a reconocernos nosotros mismos en alguna de esas respuestas...

Yo no sé cuál sea la respuesta verdadera, solo sé la que es buena para mí, y sé también que cada uno tenemos que buscarla pues simplemente nos va nuestra vida en ello, esa vida intransferible por más que solo podamos vivirla con los demás, esa vida de la que solo nosotros somos responsables ante lo más íntimo de nuestra conciencia, donde a veces nos adentramos con valentía, nos desnudamos sin pudor, y en ocasiones volvemos transfigurados a condición de haber entrado solos, sin gurús, personal manager u otros vendedores de paquetes turísticos a nuestro interior, aunque lo más importante, a condición de haber buscado lo auténtico de nosotros mismos, aquello que da sentido integral a nuestra vida, esas cosas que vivimos con todo nuestro cuerpo y nuestra mente, eso que quisiéramos estar haciendo cuando miremos a la muerte sonriendo en el último segundo de nuestro afán.

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