Sobre la mayoría silenciosa

La vicepresidenta del gobierno ponía cara de inteligente hace unos días cuando decía que ella o ellos escuchaban a la mayoría silenciosa que les apoya o que sabe que están haciendo bien las cosas, y sí, me temo que es una respuesta inteligente, pues se basa en la incontestable realidad de que la mayoría de quienes vivimos en esta sociedad fracturada, o a punto de romperse entre los que queden dentro y los que quedemos fuera, la mayoría no dice nada, calla, padece, espera, aguanta, contiene la respiración no sea que se vaya a significar.

Es esa mayoría de indiferentes que en la historia de la humanidad permiten con su silencio las mayores atrocidades contra la civilización. Es la mayoría que calló, por ejemplo, cuando los nazis se hicieron con el poder en Alemania, legalmente, al principio de los años 30, o la mayoría que calló en nuestra guerra civil, aguantando a los que les tocó, según el "bando" en el que cayeran, y ello siguió así durante 40 años, hasta el punto que como pueblo aprendimos bien la lección del silencio, de callar y no significarnos.

Es esa mayoría que se somete envidiosa a los fuertes, ricos o poderosos, con la cobardía de guardar su soberbia para los débiles, pobres o excluidos, que desenvuelve su sentido de la justicia en las cosas nimias, en unos centímetros de una raya en el suelo, en unos céntimos de la balanza del pescado, en una mirada de desprecio o en un saludo omitido, hablamos de miseria moral que cala hasta los huesos de unas vidas enajenadas de cualquier autenticidad, vidas ajenas a la vida misma.

Bien sabe la vicepresidenta en qué se basa su poder, más allá del instrumento de la policía, o el aparato de represión del estado, más allá del poder disciplinador del trabajo asalariado, que decide quién come y quién no, más allá del poder hipnótico de los medios de comunicación que controlan, más allá de todo esto bien sabe la vicepresidenta que su poder se sostiene sobre todo en esta mayoría obediente, callada, temerosa, que solo ver el palo a cien metros se caigan por la pata abajo, que solo mirar a la calle y ver los ojos de la pobreza, la violencia o la muerda, se revuelven asustados y reclaman que alguien venga a limpiar.

Y si esto estalla, si la minoría alborotadora conseguimos revolver un poco, si apenas rompemos el silencio, avisarán a los limpiadores, cachorros mantenidos con el rancho del odio y la estulticia, y esa mayoría silenciosa crecerá, se creerán formando parte de la moderación, la prudencia y el sentido común, repudiarán el color rojo de la violencia que se muestra ante sus ojos, pero se tragarán el olor de la que siempre tuvieron en sus narices, ese olor pútrido en el que crecieron, que a fuerza de vivir con él ni se enteran que están envueltos en muerda, esa violencia que socava lentamente con el adiestramiento, la miseria y el estigma de quedar fuera.

Este es el verdadero poder de la mayoría silenciosa, hay que tenerlo en cuenta.

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