Vivir la rebeldía

Una de las cosas más desagradables que aprendemos como adolescentes o jóvenes, es que tenemos que trabajar para vivir. Lo que necesitamos no está a la mano, no nace de árboles o al menos no de árboles que no tengamos que cuidar, plantar, trabajar. Es de las lecciones más duras que aprendemos al crecer, al hacernos adultos; es más, creo que nos hacemos adultos en el exacto momento que comprendemos eso.

Hay dos maneras, básicamente, de enfrentarse a esta realidad vital. Los hay quienes la asumen y la enfrentan diariamente, trabajan para ganarse el sustento, trabajan la tierra, trabajan las cosas, se unen a otros como ellos y con ello su trabajo es más eficaz ... y los hay que optan por obtener su sustento a través del trabajo de otros, y aquí no me refiero a quienes colaboran, a quienes cooperan, sino a quienes usan a otras personas para que hagan su trabajo, para que les provean de recursos, hablo de los explotadores, quienes ejercen una relación de poder, dominio o sometimiento sobre los anteriores, los explotados.

Los explotadores se juntan a otros como ellos y se organizan en clase, grupos de poder sobre cosas y personas, acaparan recursos, controlan el acceso a los mismos, crean instituciones, herramientas de coerción, de violencia organizada, su mejor instrumento histórico es el estado, llegando incluso a hacer creer a los explotados que el estado les contiene también a ellos como sujetos de protección, como personas iguales a las otras, engañándoles con distintas formas de manipulación, educación, medios de comunicación, intelectuales a sueldo ...

Aunque este esquema básico no es tan sencillo en la realidad, pues está agujereado por múltiples relaciones de poder entre personas y grupos, de manera que todas las personas, y los grupos o colectivos en que se insertan, ejercen a su vez poder sobre otros, las relaciones de cooperación y de dominio se superponen, formando un entramado social tan complejo que es muy difícil obtener un conocimiento cabal del mismo, panorámico, y es que cada uno de nosotros podemos ser al mismo tiempo explotador y explotado, no solo en relaciones económicas o de obtención de recursos materiales, sino también por ejemplo en relaciones políticas, como ciudadanos de un estado que oprime a otro, en relaciones culturales, o religiosas, o en relaciones sociales tan básicas como la relación de género donde los hombres dominan a las mujeres.

Cuando crecemos aprendemos todo esto, comprendemos nuestra pertenencia a una clase, grupo, o relación de poder, hacemos nuestros cálculos, aprovechamos lo que ya tenemos, y vivimos nuestra vida, muchos pensando que así ha sido siempre y no merece la pena enfrentarnos a este esquema, y es que hay grandes y pequeños castigos esperando a quienes se atrevan a cuestionar, romper o subvertir estos moldes.

Muchos ya sabemos que la crisis económica no es un accidente, algo independiente de la voluntad humana, no es una catástrofe natural, un terremoto, un huracán, sino que estamos ante los efectos de las decisiones de quienes detentan los instrumentos de control económico y político globales. Esto no es nuevo en el mundo, no es nuevo en muchos países de África, Asia, Latinoamérica, es nuevo en nuestro entorno europeo, o lo teníamos olvidado desde el tiempo de nuestros abuelos, los que vivieron la crisis de los años 20 y 30 del siglo XX, y la guerra mundial posterior, tras la que se alcanzó un pacto básico de convivencia entre explotadores y explotados, aquellos comprometiéndose a reducir sus ganancias, para una mayor redistribución entre los explotados, y estos comprometiéndose a la paz social, no cuestionando el poder de aquellos, pacto que duró 50 años hasta que los explotadores decidieron romperlo en los años 70 y 80, para acabar succionando el trabajo de los explotados y convertirlo en capital financiero, circulando por el globo a la velocidad de la luz, acumulándose cada vez más en cada operación de dinero por dinero, valor por valor, fuera del control de estados cada vez más débiles, sin poder real sobre los explotadores, o como ya vemos hoy, usado como martillo contra los explotados que se atreven a rebelarse, quitándose la careta de estado protector y demostrando su verdadera finalidad represora, al servicio de los explotadores.

Muchos sabemos esto, pero no somos suficientes, pues muchos más esperan que vuelvan los tiempos de la paz social, desean que las cosas vuelvan a ser como antes, una explotación admisible, soportable, capitalismo de rostro humano, al decir de socialdemócratas encantados de ocupar los cargos intermedios en la cadena de explotación. Muchos son los que desean que el estado vuelva a protegernos de los desmanes de los explotadores, que vele por nosotros, a cambio solo piden el precio de nuestra libertad, que mantengamos nuestra sumisión hasta la siguiente crisis, previsibles, controlados, domados, hasta la siguiente sangría, cuando otros seres humanos, quizá nuestros hijos, o nietos, sean inmolados al dios de su indecencia y nuestra cobardía.

No es agradable vivir en esta conciencia cotidiana, muchos días quisiéramos abrazar la ignorancia, el regazo de la dominación en sus intervalos de calma, sabernos reconocidos como buenos ciudadanos y poder erguirnos ante nuestro inferior, con ese estúpido orgullo de provinciano en la plaza en un día soleado. Nos gustaría no sabernos sobrantes, prescindibles, números en una contabilidad que no controlamos, más valiosos muertos que vivos dependiendo de los vaivenes de un mercado macabro donde somos mera mercancía.

Pero lo hacemos, vivimos con ello, cada mañana salimos al día con la energía de mil soles, que la consumimos en cada jornada a golpe de sueños siempre a punto de realizarse. No somos ingenuos, sabemos que toda esta mierda no va a cambiar de un día para otro, sabemos también que muchos no quieren que cambie, esperan agazapados a su turno en el trozo de la tarta. Nosotros nos cagamos en la tarta, y no por falta de hambre o de necesidad, sino por simple dignidad, por ese extraño temblor en el estómago que produce cada decisión consecuente con nuestras reglas de libertad, ayuda mutua y respeto, cada decisión responsable, solidaria y concreta con las cosas que hacemos, con las personas que nos encontramos, por cada error que reconocemos y reparamos.

Nuestro corazón lleva el ritmo de la canción de la eterna rebeldía, antes que nosotros fueron muchos, después vendrán muchos más, y un día, quién sabe si más lejano o más cercano, los explotadores sucumbirán a nuestra música, acabaremos con ellos, simplemente, y ay de quien se ponga por medio.

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